Infartos con señales distintas: ¿Por qué en las mujeres los síntomas pueden pasar desapercibidos?

Las enfermedades cardiovasculares son la principal causa de muerte en Chile con cerca del 30% de la mortalidad del país.  Según cifras del Ministerio de Salud, en nuestro país fallecen alrededor de 18 mil personas por este tipo de patologías. De ellos, casi 11 mil son hombres y 7 mil mujeres.

El infarto es menos frecuente en mujeres, pero su presentación es más grave y conlleva mayor mortalidad durante el episodio agudo que en la población masculina. En las mujeres de menos de 50 años, esta diferencia es mucho más marcada, demostrándose re-hospitalizaciones por cuadros coronarios dos veces más frecuente que en hombres de la misma edad.

Uno de los principales problemas es que los síntomas en mujeres no siempre responden al patrón clásico que se enseña y reconoce con facilidad. Patricia Donoso, directora de la carrera de Enfermería de la Universidad Andrés Bello, sede Viña del Mar, advierte que es clave derribar mitos en torno a esta patología. “Lo primero que se debe explicar es que el infarto no es una enfermedad exclusiva de los hombres. Sin embargo, sí se presenta de manera distinta según el sexo, y esa diferencia tiene consecuencias clínicas muy serias”, dice.

En los hombres, el cuadro suele ser más claro y reconocible: dolor opresivo en el centro del pecho, que se irradia al brazo izquierdo, hombros o mandíbula, acompañado de sudoración y náuseas. En las mujeres, en cambio, la sintomatología tiende a ser más difusa. “En las mujeres, los síntomas suelen ser más difusos y menos específicos que en los hombres. Pueden presentar disnea, fatiga inusual, mareos, palpitaciones, náuseas o incluso episodios de pérdida de conciencia. En algunos casos, el infarto puede ser completamente silente, es decir, ocurrir sin dolor perceptible. Cuando hay molestia, esta frecuentemente se acompaña de señales de activación del sistema nervioso autónomo: palidez, sudoración, taquicardia o agitación, síntomas que fácilmente se atribuyen al estrés o la ansiedad”, explica la académica de la UNAB.

Esta diferencia no solo dificulta que las pacientes consulten a tiempo, sino también el diagnóstico en los servicios de urgencia, donde el cuadro puede confundirse con otras patologías.

Síntomas

Uno de los mayores riesgos es que muchas mujeres interpretan estas señales como problemas digestivos, estrés o cansancio acumulado. “Las mujeres deben estar atentas a la fatiga o cansancio inusual que aparece sin una causa clara, especialmente si se instala en los días previos. También a los mareos o sensación de aturdimiento, la dificultad para respirar, las náuseas o vómitos, el sudor frío, y especialmente el dolor epigástrico (molestia en el «boca del estómago”) que muy frecuentemente se interpreta como acidez o indigestión”, detalla.

A esto se suman molestias en zonas menos asociadas al corazón, como cuello, mandíbula, hombros o la parte superior del abdomen, además de síntomas como insomnio o ansiedad previa al evento. Incluso, a diferencia de los hombres, el infarto en mujeres puede presentarse en reposo. “Un elemento fundamental de destacar es que, a diferencia de los hombres, cuyo infarto suele desencadenarse durante el esfuerzo físico, en las mujeres los síntomas podrían aparecer en reposo o incluso durante el sueño”, sostiene Patricia Donoso.

El sesgo que influye en el diagnóstico

La persistencia de un modelo “tipo” de infarto centrado en el dolor torácico intenso también influye en la forma en que se detectan estos casos. “Probablemente existe un problema que como profesionales de la salud debemos reconocer y es que el modelo de infarto que se enseña en las diferentes escuelas de salud está construido sobre la evidencia de estudios realizados predominantemente en hombres. Ese sesgo tiene consecuencias reales”, alerta la directora de Enfermería UNAB, Sede Viña del Mar.

La autoridad universitaria advierte que esto impacta directamente en la sospecha clínica. “Cuando un médico o enfermera de urgencias ve a una mujer de 65 años con náuseas, cansancio y malestar epigástrico, el primer diagnóstico que viene a la mente podría ser gastritis, reflujo o una crisis de estrés. [PD1] El infarto no está en los primeros lugares de esa lista diferencial, especialmente si la paciente no reporta el dolor aplastante en el pecho que hemos aprendido a asociar con la emergencia coronaria”.

El resultado es preocupante: consultas tardías, diagnósticos retrasados y, en consecuencia, mayor riesgo de complicaciones o muerte.

Claves para actuar a tiempo

Frente a este escenario, Donoso enfatiza la importancia de reconocer factores de riesgo y no minimizar síntomas: “La primera recomendación es conocer los propios factores de riesgo. Hipertensión arterial, diabetes, colesterol elevado, tabaquismo, obesidad, sedentarismo y estrés crónico son las señales de alerta que aumentan significativamente la probabilidad de un evento coronario”, dice.

También llama a no normalizar señales persistentes o inexplicables: “La segunda recomendación, especialmente para las mujeres, es no normalizar el cansancio extremo, los mareos persistentes, la falta de aire o el malestar abdominal que aparecen sin explicación. Si esos síntomas se combinan y se prolongan más de diez minutos, y la persona tiene más de 60 años con algún factor de riesgo, debe acudir al servicio de urgencia más cercano sin esperar”.

La académica UNAB agrega que el tiempo es un factor crítico en estos casos: “Una tercera recomendación es no automedicarse ni esperar a que ‘se pase solo’. Efectivamente, a medida que pasa el tiempo y se retrasa el tratamiento, existe más muerte de tejido muscular cardiaco”.

Finalmente, la profesional destaca que la educación en salud es clave para reducir las alarmantes cifras de muerte. “Toda la población debe conocer las señales de alerta y saber cómo actuar, porque reconocer un infarto a tiempo puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte. La información salva vidas, y esa responsabilidad nos compete a todos”, concluye.

Botón volver arriba